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jueves, 24 de junio de 2010

Virginie Despentes - Teoría King Kong (Traducción de Beatriz Preciado)

Tenientas corruptas*


Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras,

las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas,

las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena

chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no

me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi

lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece

un asunto más interesante que ningún otro.

Me parece formidable que haya también mujeres a las que les

guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse,

que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de

los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy

dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes,

muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me

alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como

son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo

* Agradezco a Itxiar Ziga y José Pons Bertran la lectura de esta traducción

en castellano. (N. de la t.)

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parte de ellas. Seguramente yo no escribiría lo que escribo si

fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud de todos

los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria

de la feminidad: desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí

vuelvo a empezar hoy. Cuando estaba en el paro no sentía

vergüenza alguna de ser una paria, sólo rabia. Siento lo mismo

como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una

tía buena. Sin embargo, como chica por la que los hombres se

interesan poco estoy rabiosa, mientras todos me explican que

ni siquiera debería estar ahí. Pero siempre hemos existido.

Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas de hombres,

que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse.

Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado.

Incluso hoy que las mujeres publican muchas novelas, raramente

encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico

sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres

o de ser amadas. Por el contrario, a las heroínas de la literatura

contemporánea les gustan los hombres, los encuentran

fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se

corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. La figura de

la pringada de la feminidad me resulta más que simpática: es

esencial. Del mismo modo que la figura del perdedor social,

económico o político. Prefiero los que no consiguen lo que

quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco

lo logro. Y porque, en general, el humor y la invención

están de nuestro lado. Cuando no se tiene lo que hay que tener

para chulearse, se es a menudo más creativo. Yo, como

chica, soy más bien King Kong que Kate Moss. Yo soy ese

tipo de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos,

hablo de mi lugar como mujer siempre excesiva, demasiado

agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, dema-

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siado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen.

Son, sin embargo, mis cualidades viriles las que hacen de mí

algo distinto de un caso social entre otros. Todo lo que me

gusta de mi vida, todo lo que me ha salvado, lo debo a mi virilidad.

Así que escribo aquí como mujer incapaz de llamar la

atención masculina, de satisfacer el deseo masculino y de contentarme

con un lugar en la sombra. Escribo desde aquí,

como mujer poco seductora pero ambiciosa, atraída por el dinero

que gano yo misma, atraída por el poder de hacer y de

rechazar, atraída por la ciudad más que por el interior, siempre

excitada por las experiencias e incapaz de contentarme

con la narración que otros me harán de ellas. No me interesa

ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar. Nunca me

ha parecido evidente que las chicas seductoras se lo pasen tan

bien. Siempre me he sentido fea, pero tanto mejor porque

esto me ha servido para librarme de una vida de mierda junto

a tíos amables que nunca me habrían llevado más allá de la

puerta de mi casa. Me alegro de lo que soy, de cómo soy, más

deseante que deseable. Escribo desde aquí, desde las invendibles,

las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no

saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen

los dientes podridos, las que no saben cómo montárselo,

ésas a las que los hombres no les hacen regalos, ésas que follarían

con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más

zorras, las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño

seco, las que tienen tripa, las que querrían ser hombres, las

que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno,

a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas

interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello

duro y negro que no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas,

las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les

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gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos,

las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse

como perritas calentonas pero que se mueren de ganas,

las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la

calle, las que quieren enseñarlo todo, las que son púdicas porque

están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las

que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo,

las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel

flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un

lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no

tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que

no tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las

que no saben proteger, esas a las que sus hijos les dan igual,

esas a las que les gusta beber en los bares hasta caerse al suelo,

las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo

para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los

que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben

pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos,

ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos,

los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables,

los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que

son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los

que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren

que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la

noche cuando están solos.

Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta,

bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado

éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada

con la alimentación, que parece indefinidamente

joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre

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