Pero pronto ese amor volvió a elevarse dentro de mí como una reacción con la que mi humillado corazón quería ponerse al nivel de Gilberta o rebajarla a ella hasta mi corazón. La quería, lamentaba no haber tenido tiempo e inspiración para ofenderla, para hacerle daño, para obligarla a que se acordara de mí. Me parecía tan bonita, que con gusto hubiera vuelto sobre mis pasos para gritarle, encogiéndome de hombros: Es usted feísima, ridícula, repulsiva
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lunes, 12 de julio de 2010
Marcel Proust
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